Padre Hierba

 Padre


Era una gris mañana del 2014 cuando me encontraba en el auto de mi padre en camino a comprar una bicicleta a Itagüí. Esta compra iba destinada al deporte al cual me había inscrito mi padre días antes, bicicross en el inder de envigado. Honestamente, por aquel tiempo no sabía muy bien el porqué de la decisión de meterme a ese deporte, y apenas hace no mucho tiempo caí en cuenta del porqué. Supongo que mi padre decidió meterme a este deporte, porque este es el único que le ha gustado a él durante toda su vida. Tengo recuerdos de mi padre desde que tengo memoria con las bicicletas, siempre le ha encantado montar y practicar en cada corriente de esta disciplina.

Cuando llegamos a la tienda de bicicletas - que más bien parecía un taller - me quedé viendo las bicicletas que según yo eran ideales para mi. Grandes bicicletas de colores que me agradaban, frenos y cambios lindos y con un sillín cómodo. Mientras veía estas bicicletas, pensaba a su vez en que bicicleta le agradaría más a mi madre, ya que su opinión en aquella época era fundamental (y más tratándose de algo que me iba a dar mi papá).

Mientras yo seguía ensimismado en mis pensamientos de las bicicletas, mi padre hablaba con el dueño de la tienda explicando cuál era la bicicleta que yo necesitaba, recuerdo muy bien que mi padre dijo: “Una sencillita y barata, y si se vuelve gomoso con esa le compramos otra después.” Con lo único que me quede en la cabeza fue con las palabras de “Sencillita y barata” asemejando estas palabras con sinónimos de algo malo. La bicicleta que el señor sacó de su tienda no era para nada como yo esperaba. Era una bicicleta bajita, negra y con llantas pequeñas. No tenía frenos ni mucho menos cambios, era una única pieza, con dos llantas y una cadena con pedal. Eso era todo.

Con mis ilusiones de comprarme otro tipo de bicicleta en la basura, lo único que salió de mi boca al ver la que me iba a comprar fue: “Pero no tiene frenos, ¿Como voy a frenar?” No recuerdo cuál fue la explicación que me dio mi padre, pero el caso es que le hizo poner frenos a esta bicicleta para finalmente pagar 40.000 pesos, e irnos con ella a la casa.


Al llegar a casa mi madre se sintió totalmente decepcionada de la bicicleta que me había dado mi padre, una bicicleta barata y bajita que ni frenos tenía hasta hace pocos momentos. Su indignación la hizo llamar a mi papá por teléfono y pedirle explicaciones. “Esa es la bicicleta que él necesita, no necesita más. Si se engoma con esa despues mas adelante le compro otra” Decía mi padre con voz enojada, sin entender porque le tenía que dar explicaciones a mi madre.

El tiempo pasó y empecé las prácticas de bicicross. En efecto mi padre tenía razón, esa era la bicicleta que yo necesitaba para practicar este deporte, todos los demás niños tenían una bicicleta igual que la mía. Si soy honesto con ustedes, nunca me gustó la bicicleta. De vez en cuando salía en otra que tenía por las calles con mi amigo Julian. Íbamos desde nuestra cuadra hasta el cementerio de envigado, íbamos casi hasta sabaneta y después nos devolviamos a nuestro barrio por la avenida de las vegas. Me gustaba pasar el tiempo con mi bicicleta y julián, e incluso recuerdo que estuvimos una temporada robando de otras bicicletas y motos algunos tornillos que se le ponen a las llantas, hasta que un día alguien nos dijo que nos iban a matar si nos veían haciendo eso (O almenos asi lo recuerdo yo).


Desde el primer día de entrenamiento de bicicross no me gustó. No me gustaba el lugar, no me gustaban las prácticas, no tenía amigos allí, y me sentía obligado por mi padre a ir cada domingo. Esa era la peor parte, tener que despertarme cada domingo a las 7 de la mañana para ir a hacer eso tan aburrido. De igual manera tampoco era un suplicio ir, supongo que para mi padre tampoco era tan agradable hacer eso, pero lo hacía para intentar pasar más tiempo conmigo y que mi madre no le reclamara tanto. Aprendí en aquellas clases cosas que hoy en día olvidé, pero que en aquel tiempo me servían para montar mejor bicicleta en aquellas lomas de tierra de la pista de bicicross. No estoy seguro de cuánto tiempo pasó, tal vez 3 meses desde que había empezado a practicar, cuando de la nada me encuentro en mi primera competencia. Tenía miedo, de verdad no me sentía preparado para competir con otros niños que se veía a leguas eran mucho mejor que yo. Únicamente sentía empatía por un niño igual de malo en la bicicleta que yo, muy gordo y mimado que parecía estar igual que yo en aquellas clases, obligado. Mi plan era el siguiente, después de que bajara la barrera ir lento, sin afán hacia la primera colina, tomarla suave y seguir el recorrido a mi paso, lentamente sin importar que no ganara. No parecía haber fallo en esa táctica, al fin y al cabo era simplemente una pequeña carrera del semillero de bicicross.

Ya estaba posicionado atrás de la barda que limitaba a mi bicicleta su camino, el semáforo enfrente mío estaba en rojo mientras yo intentaba mantener el equilibrio en mi bicicleta para no caerme, parado en ambos pedales y con un uniforme que me quedaba grande, ahí me encontraba yo muriendome de lo nervios por haber tanta gente viéndome (menos de 25 personas, todos padres de los niños que competían). Sonó la campana e intenté salir de buena manera, lo logré, bajé la primera loma y tomé más impulso del que tenía pensado, además de haber pedaleado cuando no era necesario. Tenía demasiado impulso y yo apenas sabía controlar esa pista, a unos escasos 10 segundos de haber empezado la carrera, tomé la primera colina de la pista y me hizo volar por los aires, separándome de mi bicicleta. Hice mal mis cálculos, tome mucha velocidad y la bicicleta me cogió ventaja. La bicicleta voló al cielo, y yo caí fuertemente contra el piso. El resto de niños si lograron terminar la pista de manera exitosa, tal vez no de la mejor manera pero por lo menos no se cayeron de la bicicleta. Algo que me consoló un poco, fue ver que el niño gordo también estaba llorando, aunque no recuerdo por qué. Mientras me sentía derrotado, agotado física y mentalemnte, salí de la pista adolorido hacia donde mi padre. Yo suponía que estaba decepcionado de mi. No había logrado ni avanzar 10 metros cuando tuve el accidente. No pasó nada grave, pero mi ego y autoestima se vieron fuertemente lastimados. Sobre todo la percepción que yo creía que mi padre tenía de mi. Nunca logré saber que pensaba mi padre de eso, no recuerdo qué fue lo que me dijo después de este incidente. Tal vez no me dijo nada, o tal vez sí me dijo algo pero no lo recuerdo. Lo único que recuerdo es que desde ese momento de humillación para mí, tomé la decisión de nunca más volver a practicar ese deporte. Esa fue la última vez que mi padre me llevó a montar bicicleta.


Hierba


Vásquez, mi mejor amigo, fue quien me dio el brownie que me iba a comer con Miguel José. Lo trajo a mi casa en una bolsa negra alrededor de las 4 de la tarde. La idea inicial era comer el brownie en un centro comercial con Miguel, y pasar el viaje juntos. Era la primera vez que íbamos a probar la marihuana, y lo íbamos a hacer con un comestible. Eran las 6:30 de la tarde, y yo me impacienté y decidí comerme mi parte del brownie, la otra parte era de mi compañero. Proseguí a salir de mi casa e ir al centro comercial a pie, al fin y al cabo vivía muy cerca de ese sitio. Al llegar, decidí sacar dinero para más adelante comer algo. Me senté en una silla en medio del primer piso, y me dediqué a esperar. Mientras me echaba bálsamo en los labios, sentí un fuerte golpe en la cara. Mis labios sabian exquisitamente a frutas y me empecé a reir fuerte, sin motivo aparente, en medio de la multitud en la que me encontraba. Esa fue la primera vez que sentí el efecto del cannabis en mi sistema.


Unos dos años después, mi gran amigo de esa época Juan Zuluaga mantenía con un vaporizador de marihuana, se me hizo costumbre salir con él en el carro a fumar marihuana y a andar por las calles de la ciudad, un gran parche, tal vez el mejor, si me preguntan a mi. Tiempo después entré a mi primer trabajo, un call center que consumia el 80% de mi tiempo y allí, fue donde descubrí el gran poder de la hierba en la ciudad. Rara es la persona que no consume cannabis, o por lo menos era raro que alguien no lo hiciera en mi oficina. Se me hizo vicio empezar a fumar en los descansos, después de salir de turno, e incluso empecé a fumar antes de entrar a trabajar. He de admitir que aquella fue la época en que más consumo de marihuana hubo de mi parte. Ya para ese momento era adicto.


Un común denominador en los consumidores de marihuana de la ciudad es que todos conocían el puente de la 4 sur como una plaza de vicio. Es normal que muchas personas consigan su droga en aquel lugar de la ciudad, un espacio sinceramente agradable y central, fuera de peligro y ameno para fumar. Se me hizo costumbre este lugar, y de hecho me agradaba mucho. Era el lugar perfecto para ir a comprar vicio y parchar con mis amigos. Siempre ha habido algo en ese lugar que me ha parecido acogedor, a pesar de ciertos individuos feos, es un espacio que me transmite algo familiar. A veces, incluso me negaba a ir a otra plaza de vicio a comprar hierba, siempre mi favorita ha sido el puente de la 4 sur. No me gusta barrio antioquia ni otras más cerca de mi casa, el skatepark para mi tiene algo especial difícil de verbalizar, pero que de igual manera no necesita ser verbalizado para ser entendido, por lo menos para mi. Esto no era una cuestión de calidad del vicio, toda la droga de la ciudad es una mierda, es cuestión de que me gusta estar en la 4 sur.


A medida que crecía me daba cuenta de que no era sostenible seguir con mi consumo, y no me refiero al tema económico, sino a todos los demás aspectos que se ven afectados por el consumo de esta sustancia. Después de haber dejado de romantizar la sustancia, he intentado en numerosas ocasiones cortar mi consumo, cosa que incluso a día de hoy no he sido capaz. La vez que más tiempo estuve alejado de la hierba fue después de haber tenido una discusión con mi madre. Ella me había visto trabado y ya estaba cansada del asunto. A pesar de rendir en toda cuestión de mi vida para ella no era aceptable que yo estuviera consumiendo de manera diaria (Ya sabía desde hace un tiempo de mi consumo). Peleamos fuerte, ella tenía tanta rabia que las lágrimas chorreaban por sus pómulos, mientras que yo no sabía a qué se debían. Tal vez a la rabia, tal vez a la decepción, pero de lo que sí estaba seguro era que estaba cansado, y que tenía e iba a dejar este consumo. Así que eso hice, corté mi consumo por un par de meses, una decisión impulsada con mi madre en la cabeza. Lo que no sabía en ese momento, es que esta decisión no iba a lograr culminar de la manera deseada teniendo a mi mama como combustible de mi motivación, lo que no sabía, es que mi padre, era quien debía ser mi impulso para dejar la droga, ya que es debido a el, en parte, que soy adicto a la hierba.


Padre hierba


Sería hipócrita de mi parte decir que no soy adicto fisiológicamente a la marihuana, nadie me creería si dijera que mi adicción es culpa de la ausencia de mi padre, pero honestamente creo que allí es donde se encuentra la génesis de mi malestar, que se manifiesta en el consumo de esta sustancia. Hace unas pocas semanas me encontraba en el skatepark del puente de la 4 sur con unos amigos. Estábamos fumando hierba mientras veíamos a la gente montar skate y patines alrededor y dentro de la pista de patinaje. Durante mi traba, mi atención quedó fija en un individuo sumamente habilidoso con la bicicleta. Estaba dando vueltas en el aire y movimientos increíbles para alguien ajeno a este gremio como lo soy yo. En ese preciso momento, me percato de algo que había pasado desapercibido para mi consciente por mucho tiempo, el skatepark al cual he estado yendo durante años para comprar marihuana y fumar está lleno de bicicletas. Y no solo llenó de bicicletas cualquiera, está repleto de bicicletas idénticas a las que se usan para montar bicicross, en cada rincón de ese lugar las bicicletas abundan, y yo no me había dado cuenta de eso hasta ese momento. Una sensación rara empieza a surgir en mí, y un malestar comienza a hacerme pensar en muchas cosas. El pensamiento de mi padre surge de la nada, y en ese preciso momento, todo es claro para mi. Mientras veía las bicicletas rodar a mi alrededor caigo en la cuenta de que la sensación que me transmite este lugar, debido a su gran cantidad de bicicletas, es similar a la sensación que me produce el recuerdo de mi padre.

Me empiezo a dar cuenta que tal vez, solo tal vez, mi cuerpo y mi psique han estado empujandome a este lugar no solo para satisfacer mi necesidad de consumir marihuana, sino que lo hacen para satisfacer mi necesidad de sentir a mi padre cerca. Mi relación con las bicicletas es muy similar a la relación con mi padre. La bicicleta simboliza a mi padre, y yo he estado yendo durante años a un lugar que me recuerda a su presencia para sentirme acompañado por él, aunque sea sólo simbólicamente.


Diego para mi siempre fue esa persona que debía de estar conmigo pero que al parecer no quería, o por lo menos eso aparentaba. Tengo numerosos recuerdos de estarlo esperando en la sala de mi casa ya que venía por mi para pasar la tarde juntos o amanecer en su casa, y quedarme esperando su llegada por horas, hasta que finalmente me daba cuenta que no iba a llegar por mi. Para ese entonces yo parecía no darle mucha importancia, tal vez ya se me había hecho costumbre, tal vez no era tan importante para mi su llegada (cosa que no creo), pero no me parecía afectar de alguna manera. Recuerdo una vez que mi mamá me contó la historia de mi registro civil, Diego casi no aparece para firmar los papeles como mi padre, así que robinson (mi padrastro) lo iba a hacer. Diego nunca quiso tener un hijo, pero no tuvo otra opción que tenerlo. La vida le impuso ser padre, pero él halló la manera de liberarse de esta responsabilidad. Finalmente ese día sí llegó para firmar los papeles como mi padre biológico.


A pesar de no tener demasiados recuerdos con Diego, si tengo en mi memoria unos cuantos recuerdos agradables a su lado. Hay ciertos momentos que recuerdo de manera muy marcada, como por ejemplo las veces que fuimos a pescar, las veces que iba a su casa a jugar xbox, las veces que salimos a comer. 

Diego estuvo presente en mi vida hasta los 12 o 13 años de edad. A partir de ahí cada vez nos empezamos a ver menos. De igual manera tampoco era como que nos vieramos muy seguido antes de eso. Lo normal, era vernos unas 8 veces al año aproximadamente, hasta que después pasó a ser 3 o 4 veces al año, después 2, hasta que hoy en día llevo sin ver a Diego 4 años. La última vez que lo vi fue en la casa de mi tía Amanda el 31 de diciembre de 2020, y antes de eso llevábamos sin vernos 2 años aproximadamente.


Apenas hoy en día, años después de que todo esto pasara me doy cuenta de la importancia que ha tenido Diego en mi vida, aun sin siquiera estar presente. Mis marcados recuerdos me confirman la gran necesidad que tuve que reprimir en mi época de infante, lo cual sinceramente creo que dejó un gran vacío dentro de mi. Nunca me ha faltado nada, pero a día de hoy me doy cuenta de que Diego es la razón de mi fuerte conexión con el skatepark de la 4 sur. La relación que hice internamente de él con las bicicletas creó un símbolo que no había llegado a comprender. Las bicicletas me transmiten la misma sensación que me hacia sentir mi padre, por lo que inconscientemente iba a un lugar repleto de ellas para volver a sentir esa misma sensación. Esa sensación que tanto desee de pequeño, pero que tuve que reprimir no por cuenta propia. Ahora, siendo un adulto, sé que mi necesidad de padre se vio satisfecha recurriendo a este lugar, que a su vez me hizo asociarlo con la hierba. Relacioné a mi padre con el skatepark, y el skatepark con la hierba, por lo que de manera inconsciente sentía la presencia de mi padre al fumar.


No culpo a mi padre de mi adicción, pero si lo culpo por todo lo que tuve que reprimir por culpa suya. Su ausencia, me hizo encontrarlo en lugares que me recordaban a él. No es su culpa mi adicción a la marihuana, pero si es su culpa que haya tenido que satisfacer mi necesidad de tenerlo conmigo en otros lugares, en otros objetos, lejanos a él.


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